15 de Septiembre: Día de las Camisetas blancas en Los Cabos #Huracán #Odile

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Foto: al frente: Camiseta blanca, al fondo: una barricada durante la noche del 15 de Septiembre de 2014, luego del paso del Huracán Odile.

Un día como hoy,  comenzamos a utilizar las Camisetas blancas, porque después del huracán Odile, nos convertirnos en los guardianes de nuestras propias familias y vecinos.

Un día como hoy,  comenzamos a conocer a nuestros propios vecinos, porque cuando nadie saludaba por falta de tiempo, el huracán Odile nos ofreció amigos, y compartimos historias bajo un cielo estrellado.

Un día como hoy, comenzamos a ver la miserable codicia de la gente, desfigurados en saqueos; pero así como ellos ahora dejaron esa triste imagen para la posteridad, los otros que evitamos el aprovechamiento podemos mirar con orgullo a nuestros hijos.

Un día como hoy, comenzamos a creer en nosotros mismos, porque cuando alguien decía que ahí venían, y los rumores se agrandaban con los latidos del corazón, la mayoría salimos a la calle a enfrentar al invisible enemigo.

Un día como hoy, comenzamos a ser valientes, porque cuando la oscuridad nos envolvía y el silencio inquietaba, nos paramos con armas improvisadas, y nos llevamos de valor. ¡Ni los peores delincuentes se animaron a desafiar a los vecinos vigilantes!

Mañana, tarde y noche del día 15

El mañana había servido para curiosear los destrozos de Odile, y mientras que miles de personas deambulaban por las colonias o se acercaban al centro, sin parar de asombrarse. La tarde nos dio tiempo para arreglarnos o arreglar el lugar y armarnos como se podía contra los invisibles o inexistentes enemigos que nunca llegaron, pero que a cada grito resonante de “ahí vienen”, nos ponían en alerta máxima. La noche nos trajo un cielo limpio de cien mil estrellas como jamás se habían visto antes, o simplemente porque nunca miramos al cielo. Es como si Odile nos hubiera dejado ese regalo después de tanta desastre, limpiando la estratósfera o recorriendo un velo del cielo oscuro, mostrando un tapiz de diamantes de todos los tamaños.

Además de las estrellas del cielo que parecían tiritar en el firmamento, también temblaban las luces de las veladoras, o la luz de la fogata de la esquina, allí donde estaba la barricada y uno o dos vecinos vigilantes haciendo guardia durante toda la noche.

Vecinos vigilantes

El Huracán Odile nos dejó algunas enseñanzas que jamás debemos olvidar:

  • La humildad y respeto con la Naturaleza: mientras que el mundo entero se pone a temblar ante la llegada de cualquier huracán, en Los Cabos -antes de Odile-, la gente se ponía contenta, puesto que decían que era la única forma de que lloviera sobre éste desértico lugar. Además de eso, la mayoría de los habitantes de aquí, tenían una extraña fe que les hacía creer que eran intocables, que “nunca llegará uno fuerte aquí” y cosas por el estilo, y para ello argumentaban que el viento o la corriente marina lo desviaría, y si no era así, entonces le echaban la culpa a una antena ionizadora que fue destruida hace tiempo por los de Protección Civil debido a que la gente le culpaban por una sequía de años anteriores.
  • La experiencia a Sobrevivir a la catástrofe y a la locura colectiva humana: Odile nos dio experiencia, sobrevivimos a un Huracán categoría 3 o 4, así también, sobrevivimos a la posterior histeria colectiva y actos de la delincuencia que se desbordó en los saqueos. Para luchar contra esas dos cosas (los daños del huracán y el peligro de la delincuencia) tuvimos que unirnos con los vecinos para cuidarnos, protegernos y compartir durante todas esas noches oscuras y peligrosas.
  • La solidaridad y unión entre vecinos: El huracán Odile nos mostró que de nada te sirve todo el dinero acumulado en un banco cuando ocurre una catástrofe de éstas, porque no hay forma de retirar el dinero de los bancos (porque no hay electricidad ni sistema), e inclusive es peligroso salir a comprar en las tiendas con dinero en el bolsillo. Hay que tratar de prevenirse y tener agua y alimentos de sobra para dos semanas o más. De la misma manera, tampoco te sirven los títulos profesionales, durante una catástrofe como Odile todos marchamos parejos y terminamos estrechándonos las manos. Hay que entender que lo mejor que nos pasó esos días, fue que los vecinos nos unimos, tanto para conocernos como para protegernos y ayudarnos. No faltó quien diera un plato de comida a quien no tuviera qué comer, una taza de café, o una valiosa botella de agua para pasar el día. La experiencia solidaridad y en unión que vivimos entre los vecinos, fue de las mejores experiencias que se pueden vivir en el mundo, fue algo que realmente valió la pena.
  • El sistema de vigilancia de los vecinos resultó eficaz. En la primera noche después del huracán, los vecinos de Los Cabos, se organizaron y se pusieron de acuerdo en ponerse sus camisetas blancas, como como si éstos fueran uniformes, ¿Cómo es que se enteraron los vecinos de las otras colonias que había que hacer eso? No había comunicación (ni teléfonos ni internet), así que todo surgió de manera espontánea. En casi todo Los Cabos (al menos en Cabo San Lucas y San José del Cabo), durante esa noche y las dos siguientes, los vecinos vigilantes (vestidos con camisetas blancas) de algunas colonias, atraparon o negaron el paso a algunos delincuentes (algunos muy peligrosos) el sistema de vecinos vigilantes sirvió para ahuyentar a los malandrines debido a que los policías no patrullaron la primera noche. El sistema de vecinos vigilantes funcionó, y después, muchos vecinos prometieron continuar con el sistema, debido a que había funcionado de manera eficaz, pero la necesidad de buscar trabajos o continuar con sus rutinas, hicieron que los grupos desaparecieran tan pronto como comenzaron. ¿Qué pasaría si el mismo gobierno fomentara al sistema de vecinos vigilantes? ¿Si en vez de mandar a la gente a barriera las calles, les dieran empleos temporales con el sistema de vecinos vigilantes? Todo indica que bajaría la delincuentes por las calles.

Para resumir

Por todos los argumentos dados, se puede decir que las Camisetas blancas que utilizamos la mayoría de los vecinos, sirvió para:

  • Sirvió para representar simbólicamente a los “buenos”, en contraposición de los “malos” que generalmente andan de oscuro para delinquir o movilizarse con más tranquilidad en la oscuridad (vecinos vigilantes vs. malandrines).
  • Sirvió identificar quiénes fueron los vecinos y vecinas que estuvieron en la calle haciendo vigilancia o guardia, preparados para defender a sus propias familias y a las delos vecinos. 
  • Representa nuestra primera experiencia para sobrevivir de un huracán destructivo, lo cual no es poca cosa; y así como un cinturón blanco indica el grado de un aprendiz en las artes marciales, la camiseta blanca indica que nosotros hemos logrado sobrevivir al huracán más destructivo de Los Cabos.

Por todo esto, el día 15 de Septiembre debe ser recordado como el Día de las Camisetas blancas, para no olvidar a todos los vecinos que se vistieron así para defender a sus familias y comunidad, en unión y solidaridad con otros vecinos de Los Cabos, después del Huracán Odile.


Relato anterior

La noche de las Camisetas blancas

Mientras que en el resto de México se recuerda el 15 de Septiembre como la “Noche del Grito de la Independencia“, en Los Cabos se recordará como “La noche de las Camisetas blancas“.

Durante el atardecer del segundo día, después del Huracán, los vecinos comenzaron a salir de sus casas, debido -en parte- al extremo calor, y también a causa de las olas de rumores que fueron creciendo durante toda la tarde. Se suponía que enseguida iban a llegar los malandrines, así que primero se hicieron barricadas y se encendieron fogatas en las esquinas, y cada uno comenzó a preparar su propia arma. Yo tenía un pequeño caño o tubo todo herrumbrado que saqué de una vieja escoba metálica, pero me di cuenta enseguida que mi “arma” daba lástima al lado de los garrotes y machetes de los demás. Uno trajo maderos gigantes, con lo que improvisó unos enormes garrotes, otros traían largos cuchillos y peligrosos machetes. La artillería pesada de casi todos, eran: bombas Molotov. No sé cómo nos pusimos de acuerdo con eso, pero en casi todas las colonias llegamos básicamente a las mismas armas: piedras, palos, caños o tubos, cuchillos, hachas, machetes, y bombas Molotov.

Las barricadas eran para que los supuestos malandrines no se desplazaran con facilidad, y casi todas las calles aledañas estuvieron cerradas, con barricadas y fogatas. Les puedo asegurar que si algunas camionetas con hombres armados” llegaban a pasar, éstos iban a ser recibidos con bombas Molotov desde la calles y las terrazas…  y si esos supuestos “saqueadores de viviendas” se enteraron de nuestros planes, seguro que lo iban a pensar al menos dos veces si es que no terminaban temblando de miedo como nosotros lo hicimos antes.

Las fogatas tenía que mantenerse encendidas en las esquinas, por lo menos donde estaban los guardias, y la lumbre nos cobijó del clima temblado que llegó en la madrugada y duró hasta el amanecer. Yo amanecí recostado en la banqueta, dormitando cerca del calorcito de una fogata que se languidecía y que ya solo humeaba.

Durante el atardecer y el anochecer, varias veces gritaron “¡Ahí vienen!“, y todos nos levantábamos a correr con lo que teníamos en la mano, de un lado al otro, de esquina a esquina de las cuadras. Eso ocurrió como unas cinco veces en total, y personalmente, yo terminé exhausto.

Cerca de la ocho de la noche, nos avisan los de la otra cuadra, que harían una reunión en un esquina, y hasta allá fuimos, dos representantes por cuadra. Tendrían que verme o podrán imaginarme, soy un tipo tranquilo que a lo mucho termino siendo un poco gruñón, pero hasta allá llegamos, en la esquina de la reunión. Íbamos con potentes linternas prestadas y nuestras armas (palos, cuchillos, y machetes). En el camino nos alumbraron varias veces los otros vecinos, hasta que finalmente llegamos… En el lugar estaban los demás vecinos reunidos en plena esquina, formando un circulo sobre el pavimento, todo eso parecía irreal, como si fuéramos parte de una secta.

El lugar estaba muy oscuro y regañaron a un joven indiscreto que alumbró al rostro de algunos, a tal punto que parecía que le iban a hacer algo. A otro joven le obligaron a decir porqué había tomado una foto, quién era y para qué lo quería. Les puedo asegurar que no cualquiera se animaría a quedarse en esa reunión. Llegamos tarde, y me tuve que quedar atrás, por lo que no pude escuchar toda la discusión, pero sí puedo afirmar que fue muy intensa. Finalmente se acordó -entre la mayoría-, que los defensores o guardianes vecinales utilizaríamos Camisetas blancas para identificarnos de los malandrines -que supuestamente andaban de negro-, como si éstos no tuvieran camisetas blancas para ponerse y arruinar así nuestro plan secreto… por las dudas, también decidieron que agregaríamos una contraseña: “Pancho pantera” y con eso nos tendrían que dejar pasar por cualquier esquina sin demorarnos o necesidad de perder tiempo. La próxima reunión sería en dos horas…

A las dos horas, otra vez el mismo show. Caminamos en grupos, dos por cuadra, esta vez ya no fui, sino que fue un muchacho al que llamaré “el delegado” y otro que no recuerdo. El delegado se tomó el asunto muy en serio desde el comienzo, corriendo como un mensajero azteca para llevar la información a los otros puestos de avanzada, donde estaban muy pocos y no podían enviar a alguien.

La noche fue larga, y en la tercera reunión me tocó ir nuevamente, acompañando al “delegado”. No había elecciones o forma de decidir quién iría o quien no, sino que eran puras convicciones personales: iba el que quería y finalmente yo terminé aceptando esa “responsabilidad”, puesto que podía retransmitir el mensaje casi de memoria, y me servía para conocer más a mis vecinos.

Aunque soy extranjero, comencé a proponer sin importarme por mi acento, y todos me terminaron aceptando. Fue la primera vez en mi vida que me sentí “más mexicano que el nopal”, yo era uno más, y las reuniones eran como reuniones de hermandades secretas, algo parecido a como si estuviéramos en una prisión de máxima seguridad pero al aire libre, donde el uniforme era andar de blanco, pero con armas. Algunos tapaban sus rostros con grandes pañuelos o alzando sus propias camisetas, e iban armados con hachas, dando una imagen de peligrosidad más terrible que aquellos que portaban machetes. Nunca pregunté a mis vecinos si hicieron algo malo en el pasado, ahí no importaba, éramos como “hermanos”, y nos volvimos como “cholos sin tatuajes“… todos corríamos parejos.

Finalmente, en la nueva reunión se acordó una nueva contraseña, a causa de que algunos creyeron que la otra contraseña se había filtrado a espías de otras colonias… la nueva contraseña sería: “Gallo“, y -con el correr de los días- se transformó en una especie de saludo vecinal.

 


 

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